CORRAL / GALPÓN VERSUS ARQUITECTURA

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CORRAL / GALPÓN VERSUS ARQUITECTURA

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La liturgia solo programa el espacio. Aunque por origen histórico puede decirse que tal programación de gestos y movimientos llevan implícita una concepción del espacio (por ejemplo la simetría), fuera de esas concepciones muy generales no define propiamente el espacio arquitectónico particular. Por ejemplo, el asiento de un obispo en el románico primero, puede ser una hornacina tan ajustada a la figura que se asemeja a las que hoy vemos en algunos santos. La figura llena su lugar. En cambio un barroco desplegará hacia el vacío una inmensa multiplicidad de formas a partir del centro minúsculo de la figura. La liturgia pues, en cuanto es forma, presupone una interpretación arquitectónica del acto reglado de la oración oficial, esto es, presupone ser llevada a lugar. Sin lugar que manifieste o cante ese acto, la liturgia pierde también su compostura y aquí yace el riesgo arquitectónico del templo. Volvamos nuevamente al galpón y con él, a muchas iglesias que no lo son. Al galpón, que no es arquitectura, se le crea casi ineludiblemente una situación de enfrentamiento con un muro de fondo. Ese muro de fondo debe ser decorado, sea con una sobria desnudez, sea con un cúmulo de efectos luminosos u objetos según la estética del arquitecto; en todo caso, decoración y muro que crea un escenario y hace -detalles más o detalles menos- del oficiante, un actor. Sutilmente así, la realidad del acto litúrgico del presbiterio, queda destruido. En Corral, al restar lo existente con sus figuraciones, lo que fue quedando se aproximó a un barracón. Nosotros queríamos situarnos en un extremo, esto es, con un mínimo de cantidad de obra obtener un máximo de templo y si no hubiésemos tenido una concepción de presbiterio, habríamos arriesgado caer en la mencionada situación de galpón.

Tres cuestiones se pusieron en juego, en Corral, tras esa concepción de presbiterio: A) el presbiterio se une a la nave. B) el presbiterio se separa de la nave. C) la doble perspectiva. El presbiterio debe unirse a la nave, para que el unísono de la nave reciba su orientación. Para ello se separó en Corral la arquitectura de la altura, de la arquitectura del ancho y la profundidad. La preeminencia de los cielos planos y bajos crea un horizonte sin dirección que reúne como un solo ámbito circular, tanto a la nave como al presbiterio. Para reforzar ese sentido circular, se dibujó una línea blanca que se hace presente sobre las cabezas y marca el entorno de todos los muros constitutivos y para reforzar aun más esta arquitectura autónoma del ancho y la profundidad, se hizo aparecer con el mismo dibujo los machones estructurales de ambos muros extremos y de ambos laterales. Y para reforzar al extremo esta situación de giro horizontal, los entablados de los muros de presbiterio se colocaron en diagonal girando en un solo sentido y se pintó el cielo con líneas de colores diagonales que tienden a atenuar la direccionalidad que llevan consigo las bancas, los pasillos, y la bóveda, y contribuyen por tanto a hacer presente -junto con los elementos ya mencionados- el ancho. Pero un punto particular de la unión del presbiterio y la nave es la liturgia de la palabra, la cual tiende a hacerse centro de la nave, aunque sin abandonar la continuidad de oficiantes que asegura el lugar del presbiterio. Por esta razón en Corral, en la asimetría del presbiterio, el ambón del evangelio ocupa sin embargo, el eje central de la nave en ancho. Es aquí, en la liturgia de la palabra donde aquel unísono de la nave en ancho adquiere su mayor efectividad. El presbiterio es, antes que nada, un espacio extenso (en la parroquia y la catedral) porque su misión es desplegar el esplendor de los movimientos y gestos litúrgicos los cuales, en general, suponen un agrandamiento con respecto a los movimientos y gestos naturales. El hecho de que el ritual litúrgico consulte la vía breve y la vía larga e incluya la reiteración (por ejemplo dar vuelta tres veces al altar) como parte de su modo, nos indica que este agrandamiento pertenece también a su modo. A su vez, los paramentos litúrgicos están concebidos para ser extendidos y vistos como tales extensiones, por ejemplo al abrir y cerrar los brazos en diferentes momentos del acto. La posición fija de los objetos en el altar, que ocupan uno u otro extremo del altar, o su centro, lo cual concuerda con las posiciones propias que ocupaban antaño la epístola y el evangelio, muestran tales ampliaciones que se traducen en movimientos, que sin ser mágicos son a la vez inútiles, separados de lo natural, haciendo evidente su exclusiva filiación de signos. Tal evidencia es materia de arquitectura. En otras iglesias proyectadas por la Escuela, ese despliegue del gesto de oración del presbiterio fue concebido a partir de un suelo en un vacío. En el caso de Corral, tal orientación de la forma no era posible, de modo que el espacio propio del presbiterio -radicalizando su diferencia con la nave- fue concebido como una sucesión de muebles, muros, barandas en apretujada densidad, ocupando una amplia proporción del espacio interior disponible de la iglesia (en términos espaciales, casi un tercio del total) pero ordenados en una distribución que permite los desplazamientos correspondientes a todas las funciones que comprende la vida de la parroquia, incluyendo la visita del obispo. El solo asumir tales funciones crea de suyo un tamaño, el cual, en el olvido actualmente tan generalizado del sentido litúrgico del templo, ha parecido a algunos como algo muy grande. Sin embargo la liturgia parece prever esa potencia del espacio del oficiante en su compostura, no sólo en razón del oficiante considerado aisladamente en sus funciones, sino como fuerza de presencia indispensable del espacio del presbiterio que haga peso frente a la nave y asegure así, por tanto, la posibilidad de participación del pueblo orante. En Corral, la autonomía del presbiterio configurada por la pulcritud del blanco, se vincula a la bóveda y al eje procesional tradicional. Entre el suelo y su emergencia (altar, ambones, gradas, comulgatorio) y la arquitectura de la altura, se traza pues una relación. En aquel tiempo pre-conciliar, el Obispo, el Párroco y la orientación de nuestros estudios litúrgicos favorecían la posición del altar cara al pueblo en oposición al altar espalda al pueblo. Pero esta última direccionalidad había logrado constituir el muro de fondo con la arquitectura adosada y en altura del altar, y establecía una fuerte unidad de lugar entre el Santísimo y la mesa del altar. La posición cara al pueblo al aislar la mesa y desvincularla del Santísimo, planteaba repensar arquitectónicamente ambos aspectos. Podría decirse que en el templo cristiano se ha conservado un residuo del templo pre-cristiano en el sentido de residencia que ostenta el lugar del Santísimo, adquiriendo así una dignidad que no admite en propiedad ser tratado en jerarquía de mero objeto litúrgico.

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“CORRAL / GALPÓN VERSUS ARQUITECTURA,” JOSÉ VIAL ARMSTRONG, accessed October 22, 2026, https://www.josevial.cl/items/show/64.